
Es curioso cómo un solo evento puede poner todo el tablero patas arriba. Antes de 2022, hablar de una correlación 1 a 1 entre el precio del gas en Texas y en Ámsterdam sonaba a ciencia ficción. Eran mundos aparte. El Henry Hub americano, siempre barato, siempre predecible, y el TTF europeo, bueno, el TTF era otra historia, atado a sus propios dramas regionales.
Pero todo eso se acabó.
La invasión de Ucrania no solo fue una catástrofe humanitaria; fue el martillazo que rompió el viejo orden energético. Lo que hemos visto desde entonces —especialmente en 2024 y 2025— no es una simple fluctuación. Es una reconfiguración total. El mercado del gas se ha globalizado a la fuerza, y ahora todos miramos lo mismo: el flujo de barcos de GNL cruzando el Atlántico.

Gráfico: La historia de los últimos años en tres cuvas. Arriba, la locura de precios. En medio, el spread que se encoge. Abajo, la corrección que muestra que ahora todo está conectado. (Datos: FRED, EIA. World Bank)
Por un lado, tienes al Henry Hub. El pilar. Durante años, ha sido el reflejo de la abundancia del esquisto americano. Sus precios, bajos. Su volatilidad, contenida. Pero algo ha cambiado. De repente, el Henry Hub ha empezado a mirar hacia fuera. Las terminales de exportación de GNL, que antes eran un extra, ahora son el principal motor de la demanda. Vimos un aviso a finales de 2025, cuando una ola de frío y la sed de los mercados internacionales empujaron el precio por encima de los $5/MMBtu. Una cifra que no veíamos desde la locura de 2022. Ya no es solo un mercado local. Para nada.
Luego está el TTF. El epicentro del caos. Es difícil exagerar lo que pasó en Europa. Ver el TTF rozar los $70/MMBtu en agosto de 2022 fue… surrealista. Un pánico total alimentado por el corte del gas ruso. Pero Europa reaccionó. Vaya si lo hizo. Llenaron los almacenes hasta los topes, la gente bajó los termostatos y, sobre todo, abrieron las puertas de par en par al GNL. El resultado fue una caída de precios casi tan dramática como la subida. Para finales de 2025, el TTF ya estaba por debajo de los $10. Una nueva normalidad.
El GNL al rescate (y el negocio del siglo)
La estrategia europea fue simple: comprar todo el gas que no fuera ruso. Y ahí es donde Estados Unidos levantó la mano. En 2025, el 77.53% de las importaciones de GNL a Europa venían de barcos americanos. Una cifra brutal. Esto no fue una solución temporal; es el nuevo status quo. El Parlamento Europeo lo dejó claro en diciembre de 2025: para 2027, ni una molécula de gas ruso. Se acabó. El GNL, y en particular el GNL yanqui, es ahora la pieza central de la seguridad energética europea.
El arbitraje que lo cambió todo
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Antes, los precios del HH y el TTF vivían vidas separadas. Ahora están íntimamente ligados. ¿Por qué? Porque Estados Unidos se ha convertido en el proveedor que marca el precio final en Europa. El precio del TTF es, básicamente, el precio del Henry Hub más el coste de convertirlo en líquido, meterlo en un barco, cruzar el océano y volver a convertirlo en gas. Es un arbitraje. Un puente físico y económico que no existía a esta escala. El gráfico de correlación móvil lo dice todo. De ser casi nula, la correlación ha explotado, con picos por encima de 0.8 en 2025. Están bailando al mismo son.
Y ahora, ¿qué? La geopolítica entra en juego
Llegamos a hoy, principios de 2026. Y lo que vemos es la consecuencia lógica de todo esto. El spread, la diferencia de precio entre TTF y Henry Hub, se ha reducido a su mínima expresión. En diciembre de 2025, era de apenas $4/MMBtu. Tan bajo que, por primera vez desde 2021, el precio en Europa cayó por debajo de lo que cuesta a largo plazo producir y enviar GNL desde EE.UU.
Pero esta nueva realidad trae consigo preguntas incómodas. ¿Ha cambiado Europa una dependencia por otra? La respuesta corta es sí. Pasar de depender de los gasoductos de Gazprom a depender de los metaneros del Golfo de México.
Claro, Estados Unidos es un aliado. No es Rusia. Pero la política es la política. Y la administración Trump no ha dudado en usar el GNL como un arma geopolítica. Hemos visto su estrategia de «dominancia energética» en acción: presiones a los aliados para firmar contratos a largo plazo, amenazas de aranceles comerciales si no se pliegan a sus deseos, e incluso intentos de debilitar la propia legislación climática europea —como las reglas sobre emisiones de metano— para facilitar la entrada de su gas. El GNL ha dejado de ser una simple mercancía para convertirse en una herramienta de diplomacia coercitiva.
Entonces, ¿hay codependencia?
Absolutamente. Europa necesita desesperadamente el gas estadounidense para mantener su economía en marcha. Pero no nos engañemos, Estados Unidos también necesita a Europa. Con la masiva nueva ola de capacidad de licuefacción que está a punto de inundar el mercado, Washington necesita un comprador grande, fiable y con dinero para todo ese gas. Europa es ese comprador. Sin el mercado europeo, la industria del GNL estadounidense tendría un problema muy serio.
Sin embargo, esta codependencia no es simétrica. Es una relación de poder asimétrica. EE.UU. tiene más opciones; siempre puede desviar sus barcos a Asia si los precios son mejores. Europa, en cambio, ha quemado sus naves con Rusia. Sus opciones son más limitadas. Esto le da a Washington una palanca de negociación considerable. Una palanca que, como hemos visto, no duda en utilizar.
El mercado ha encontrado un nuevo equilibrio, sí, pero es un equilibrio mucho más politizado. El precio ya no depende solo de la oferta y la demanda. Ahora depende también de los acuerdos comerciales, de las presiones políticas y de quién esté en la Casa Blanca. El Atlántico nunca ha parecido tan estrecho, pero tampoco tan complejo.
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